Esta es la tercera entrada en un día raro. Poca motivación y sólo deseos de dejar letras, letras y más letras frente a la pantalla.
Soy tan adicto a ciertas canciones, las cuales podría repetir incesantemente durante el resto de las 12 horas a las que estoy obligado a estar confinado, pese a que la jornada por ley es de ocho.
Dicen que en el amor y en la guerra todo se vale. Ahora, todo parece indicar que también en tiempos de crisis los horarios incondicionalmente extendidos son válidos. A pesar de que muchos me consideran negativo, fatalista y amargado, muy en el fondo tengo mis motivaciones.
Bruce Springsteen es una de ellas. Sobre todo porque al escucharlo vienen a mi mente momentos fascinantes, especialmente con “I’m on fire” y “Dancing in the dark”. La primera me lleva al Caribe, la segunda me regresa a mi adolescencia en la Ciudad de México, de donde en ocasiones deseaba nunca haber salido aunque por momentos la posibilidad de migrar se asomaba como un espejo, que a final de cuentas dejé escapar por el oro que representaban muchos sueños.
En el “rincón de las falacias” me siento solo, a pesar de que encuentro buena compañía. Todavía siento que algo de mí ha quedado perdido.
Por eso en ocasiones recurro al único psicólogo que en realidad puede tratar cualquier conflicto interno: el propio jefe Springsteen. Y es que cada canción me recuerda a un momento en especial. A una circunstancia. A un lugar. A una época. Un capítulo de mis vivencias que sin embargo, son a pesar de las tres décadas, un corto libro.
“I’m on fire” es una visa auditiva. Un pasaporte que mentalmente me traslada del “rincón de las falacias”, a otro ubicado en la llamada Marina Hemingway, donde dicen algunos que el legendario escritor norteamericano solía ir de pesca cuando visitaba Cuba.
Las palmeras y la tranquilidad de los canales construidos alrededor de las villas inspiran tranquilidad para los pocos visitantes que se dan cita en ella. “I’m on fire” era el tema que me gustaba seleccionar para oír en las habitaciones aisladas de todo. De habitaciones para las que hasta ahora, un “ruteador” es algo inexistente y desconocido.
Lo mismo es la música de Springsteen para varios habitantes de la isla, a la que no podré asistir esta primavera, pese a no tener un deseo inmediato de poder hacerlo. La razón es sencilla: mi próximo viaje deberá ser cien por ciento placentero.
Sin obligaciones. Sin cierres de edición. Sin traslados programados y con el deseo de realmente conocer lo que desde hace tres años ha quedado pendiente en la agenda. Por ahora, llega el momento de volver a sintonizar, por enésima vez, algunos de los “soundtracks” de nuestras vidas…
jueves, 12 de marzo de 2009
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